“CUANDO EL A.D.(H).D. ES NOMBRE PROPIO”Por Gisela Untoiglich |
“El ritmo actual, el de la inmediatez y la aceleración del tiempo real,
va exactamente en contra del engendramiento, de la gestación,
del tiempo de procreación y de crianza, de esa larga duración que
es, en general, la de la infancia humana…”
J. Baudrillard – Pantalla Total
La sigla A.D.(H).D. proviene del inglés y significa Attention Deficit (Hyperactivity) Disorder, en castellano: “Trastorno por Déficit Atencional, con o sin Hiperactividad”. No es un cuadro tan nuevo como se supone, en realidad fue cambiando de denominación a lo largo de los años. La primera descripción clínica data de 1902 y se lo clasificó como “Defectos en el control moral”, actualmente manejamos la nomenclatura propuesta por el DSM III en 1980 (Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales, A.P.A. – American Psychiatric Association) como A.D.(H).D.
En el CIE-10 (Manual Europeo de los Trastornos Mentales y del Comportamiento) hallamos una explicación del por qué de la utilización del término Trastorno: “Se usa para evitar los problemas que plantea el utilizar otros conceptos tales como ‘enfermedad’ o ‘padecimiento’. Aunque trastorno no es un término preciso, se usa para señalar la presencia de un comportamiento o de un grupo de síntomas identificables en la práctica clínica…” (Calmels, D., 2002)
Entonces, este es el punto exacto del cual quiero partir, el ADD no es un cuadro uniforme, sino un síndrome (léase: bolsa de gatos) que pone junto lo que no necesariamente va junto, agrupando infinidad de niños dentro de un mismo conjunto, por sumatoria de manifestaciones clínicas. ¿Cuáles son los riesgos que conlleva dicho amontonamiento?
Enunciaremos algunos de ellos:
· Se supone que el A.D.D. es un déficit neurológico, aunque todavía no se ha encontrado ninguna prueba de laboratorio que lo compruebe. Se plantean porcentajes que oscilan desde un 5% a un ¡22%! de niños en edad escolar diagnosticados como ADD. Sin embargo no se ha hallado ningún marcador biológico que lo certifique, por lo tanto el peligro del sobre diagnóstico es muy alto.
· La escala más difundida para realizar el diagnóstico es el “Cuestionario de Conners” que consta de 48 preguntas que deben ser respondidas por separado por padres y maestros, colocando una X en las columnas denominadas: Nunca – Un poco – Bastante – Mucho. Por un lado, pocas veces se ha visto tanta imprecisión científica como las respuestas “bastante” o “un poco”, ya que dan por sentado que todos valoramos de igual modo lo que es mucho o poco. (Recordarán aquella magnifica escena de una película de Woody Allen en la cual marido y mujer se quejan al mismo tiempo a sus respectivos analistas de la frecuencia con la que mantenían relaciones sexuales, ella decía que era intolerable porque él lo quería hacer dos veces por semana, mientras él se quejaba de lo espaciado de la frecuencia ya que sólo lo hacían dos veces por semana). Por otra parte, cabe aclarar que dicho Cuestionario no fue pensado en su origen para realizar un diagnóstico diferencial acerca de los Trastornos de Atención, que es para lo que se lo está utilizando en la actualidad. Sumado a esto, es importante señalar que de los 48 puntos que se interrogan sólo dos refieren en forma específica al ítem desatención. Por lo tanto esto favorece el riesgo de encubrimiento diagnóstico.
· El abordaje que se realiza hasta ahora es eminentemente medicamentoso. Los fármacos sólo ofrecen un paliativo sintomático que atempera las manifestaciones clínicas por algunas horas, cuando funcionan. Sin embargo, al no tomar en cuenta las diferencias psíquicas estructurales, se corre el riesgo de medicar por falta de atención o por hiperactividad a niños con estructuras psicopatológicas graves, que quedarán larvadas durante la infancia y que luego podrán hacer eclosión en el transcurso de la adolescencia. Esto difiere con el planteo de “comorbilidad”, es decir, la aparición conjunta del ADD y otros trastornos psiquiátricos o de aprendizaje, frecuentemente postulada en gran parte de la bibliografía relativa al tema. Cuando en realidad, probablemente de lo que se trate sea, que las manifestaciones clínicas de un trastorno podrían estar obturando momentáneamente la aparición del cuadro psicopatológico de base. Esto conlleva el riesgo de retrasar un diagnóstico acerca de la estructura psicopatológica de ese pequeño, que, de realizarse en la temprana infancia, daría otras chances de intervención.
· Se propone la atención como una función que debería operar “naturalmente” en el niño salvo que haya un déficit neurológico, sin tomar en cuenta que podrían haber diferentes razones por las cuales un niño tendría dificultades atencionales.
Por un lado, los requerimientos atencionales desde lo social, han aumentado notablemente para los niños en edad escolar, idiomas, jornada completa, computación, escuelas deportivas, son una pequeña porción de las exigencias a las que debe responder un niño en la actualidad.
Por el otro, existen factores psicológicos ligados a los tiempos de constitución subjetiva que podrían favorecer o no que el niño focalice la atención en ciertos objetos y no en otros. Así, desde una perspectiva psicoanalítica, se podría postular que no se sale a conocer cualquier objeto del mundo, sino aquellos que fueron marcados libidinalmente por un Otro significativo. Esto quiere decir que, son los adultos significativos para ese niño los que en principio orientan su atención, y le abren la posibilidad de aprehender aquellas porciones de la realidad que tienen valor para dichos sujetos. Para lo cual, debe haber una disponibilidad de energía necesaria para investir los objetos del mundo. Si por motivos ligados a la historia de ese niño, el mismo estuviera tramitando situaciones de índole primaria, no contaría con la posibilidad de atender a requerimientos de índole externo (la curricula escolar). Por ejemplo, si un niño tiene vedada la posibilidad de interrogar ciertas cuestiones acerca de su origen; o si ese Otro significativo está atravesando una situación depresiva, es probable que no tenga la disponibilidad para atender a lo que la escuela le está exigiendo en ese momento.
Los interrogantes como ¿quién soy yo para el Otro?, ¿de qué tipo de pacto provengo?, ¿qué lugar ocupo en el deseo de mis padres? tienen que encontrar alguna respuesta sustentable en la primera infancia, lo cual permitirá luego que ese niño entre en latencia, lo que significa que tendrá la energía psíquica disponible para resolver problemas tan alejados de sí mismo cómo ¿cuántos caramelos tendrá Juancito si María le regala 4 y Pepe le regala 2? ó la posibilidad de escribir “mamá”, lo cual implica tolerar que la madre no esté allí.
El peligro entonces es, considerar que existe un solo tipo de atención y una sola causa para la desatención, de orden biológico.
· A.D.(H).D. es el nombre con el cual se etiquetan gran cantidad de sujetos con similares manifestaciones clínicas; es como la fiebre, un indicador de que algo anda mal, ni más ni menos que eso. Así como no nos tranquiliza que el médico nos diga: su hijo tiene fiebre (de hecho por eso lo llamamos), tampoco debería hacerlo el rótulo de ADD ya que podría terminar siendo un modo de desresponsabilizarnos como padres, como profesionales, como docentes y como sociedad de la pregunta acerca de ¿por qué sufre este niño?, ¿qué es lo que quiere decirnos con esta forma de manifestarse?
Retomando el eje que atraviesa este artículo acerca de si los diagnósticos rotulan o tranquilizan creo importante dejar en claro que considero imprescindible el diagnóstico temprano estructural acerca del padecimiento de un niño. Que un chico no pueda atender a los requerimientos escolares (que estén acordes a su momento evolutivo), no pueda parar de moverse, agreda a sus compañeros, no reconozca autoridad, no pueda escuchar, ni desarrollar un juego, que esté permanentemente excitado, o no pueda esperar su turno, son algunos de los indicadores posibles de que algo anda mal con ese niño y probablemente, estos sean los modos de manifestar su padecimiento.
Realizar una consulta a tiempo, con un profesional que pueda escuchar y leer más allá de los signos clínicos observables, cuáles son los trabajos psíquicos que este niño realizó y en cuáles se encuentra detenido, permitirá una intervención oportuna en los momentos de constitución del aparato psíquico. En la temprana infancia se reparten las barajas con las que el sujeto jugará toda su vida. Si no cuenta con las cartas necesarias el juego será mucho más costoso y por momentos más riesgoso.
Alguna vez escuché una definición del Psicoanálisis como una “Ciencia Artesanal”, y aunque parezca una contradicción en los términos, no lo es, ya que por un lado permite una lectura estructural y por el otro da la posibilidad de pensar en una lógica del caso por caso y no perderse en grandes generalizaciones. En la actualidad, parecerían tener mayor difusión ciertos métodos terapéuticos ligados a la modificación de las conductas, dichas propuestas intentan cambiar, mediante un entrenamiento específico los modos de conducirse incorrectos, basándose en un déficit de origen supuestamente orgánico, cuyas manifestaciones clínicas podrían ser atemperadas con medicación y entrenamiento conductual. Sin embargo, este abordaje al no tomar en cuenta la historia vincular de ese sujeto pierde la posibilidad de interrogarse acerca del sentido histórico-subjetivo de su padecimiento y por ende imposibilita la realización de una lectura estructural que permita comprender el origen del sufrimiento de cada niño en particular.
Actualmente escuchamos padres y docentes hablando de cuántos niños ADD tienen y lo que es más grave aún, los mismos chicos se presentan y justifican diciendo: “No lo hice a propósito, es que soy ADD”.
Cuando un niño nace, su llegada convoca los anhelos, deseos, temores y fantasías de ambos padres; estos elementos forman parte de la trama de un tejido complejo al cual el niño aportará su singularidad. La elección del nombre propio no suele ser azarosa y está relacionada con dichos elementos. Ese nombre nos representa, cuando es el ADD el que ocupa el lugar del nombre propio de un niño, corremos el riesgo de que su padecimiento subjetivo se pierda en el anonimato de las clasificaciones. Se trata entonces de un diagnóstico que permita intervenciones tempranas sin etiquetamientos.
Si como sociedad no podemos tolerar el propio malestar que generamos, si creemos que lo que debemos hacer con el malestar sobrante es etiquetarlo, acallarlo y archivarlo, no dimensionamos que sólo estamos pateando la bola de nieve hacia adelante.
El A.D.(H).D. es una problemática compleja que necesita de un abordaje interdisciplinario; docentes, directores, psicólogos, psicopedagogos, psicomotricistas y neuropediatras junto a los padres y al chico tendrán que construir en el uno a uno, los bordes que cada niño necesita para poder constituirse subjetivamente. Lic. Gisela Untoiglich
Psicoanalista. Becaria de Investigación Doctoral, Facultad de Psicología, U.B.A.
Tema de Tesis: Historia Libidinal de los niños con Diagnóstico Neurológico de Déficit Atencional
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