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Ud preguntará: ¿Por qué integramos?

Martes, 11 de Mayo de 2010

Reflexiones sobre la evolución del concepto de integración.

por Marta Ghiotto

Voy a permitirme pedir prestado el título del poema a Mario Benedetti para iniciar un breve recorrido acerca de la historia de la integración en el mundo y fundamentalmente en nuestro país, y al mismo tiempo acompañarla de una reflexión dirigida a todos aquellos que comparten con nosotros esta tarea

Cuando cambia la filosofía del hombre (su naturaleza, sus o objetivos, sus potencialidades, su realización) entonces todo cambia. No solo cambia su filosofía política, económica, ética y su filosofía de la historia, sino también su filosofía de la educación, de la psicoterapia y del desarrollo personal, la teoría acerca de cómo ayudar a las personas a llegar a ser aquello que pueden y necesitan profundamente llegar a ser. Nos encontramos en la actualidad en el centro de un cambio de este tipo en torno a las capacidades, potencialidades y objetivos del hombre. Está naciendo una nueva concepción acerca del hombre y de su destino, y sus implicaciones son muchas, no sólo para nuestras concepciones educativas, sino también para lo que hace a la ciencia, política, literatura, economía, religión e incluso a nuestras concepciones del mundo no-humano”

Maslow, 1972, p. 251- El hombre autorrealizado. Estados Unidos / Barcelona: Litton Educational / Kairós.

Cambio de paradigmas.

El paradigma de la atención a la diversidad ha ido cambiando a través de las distintas décadas del siglo XX. La segregación y desatención de la discapacidad dieron surgimiento a la Educación Especial ; posteriormente se pasó a la Normalización e Integración de las personas en el ambiente menos restrictivo, que finalmente se completó con el concepto de Inclusión educativa, laboral y social de los individuos basada en las modificaciones ambientales.

No podemos discutir que la concepción que dio lugar a la creación de la educación especial fue favorable en ese momento para aquellos con necesidades especiales , ya que implicó la constitución de un profesorado especialmente preparado, la de programas y procedimientos especiales para mejorar los aprendizajes, la búsqueda de materiales específicos, y el propio centro especial.

Este sistema “paralelo” que en principio fue beneficioso y constituyo un avance,ya que implicó ocuparse activamente de los distintos trastornos; comenzó a entrar en crisis cuando las escuelas especiales se fueron convirtiendo en el cajón de sastre que recibía todos los alumnos que el sistema educativo rechazaba.

Esto favoreció y estimuló la postura poco flexible de muchas escuelas comunes; en consecuencia gran parte de los alumnos que por distintos motivos no se adaptaban a la escuela común recalaron finalmente en centros especiales.

Este hecho sobredimensionó a las escuelas especiales, complejizó y dificultó la real aplicación de programas específicos y contribuyó a la marginación.

La situación poco deseada llevó reflexionar a los profesionales de la salud y la educación acerca del concepto de normalización relacionada con integración.

Wolfensberger (1972) escribió que “normalización es la utilización de medios, culturalmente tan normativos cómo es posible, en orden a establecer y/o mantener conductas y características personales que son tan culturalmente normativas cómo es posible”.

De la Declaración de Salamanca (1994) a la actualidad.

Esta concepción toma forma definitiva cuando más de 300 asistentes, en representación de 92 países se reúnen en la ciudad de Salamanca, España, entre el 7 y el 10 de junio de 1994, con el fin de promover el objetivo de la “Educación para todos “considerando los cambios fundamentales de la política educativa para favorecer una educación integradora. capacitando a las escuelas para atender a todos los niños, especialmente aquellos que presentaban necesidades educativas especiales.

La conferencia organizada por el gobierno español. con la colaboración de la Unesco congregó a altos funcionarios de educación, responsables de políticas y especialistas, y contó con el aporte de la Naciones Unidas y diversas organizaciones no gubernamentales.

A partir de este momento la legislación de todos los países incorporó definitivamente a sus políticas educativas el concepto de integración.

¿Qué propone este concepto?

Si leemos a Miguel Ángel Verdugo Alonso. Catedrático de Psicología de la Discapacidad y Director del Instituto Universitario de Integración en la Comunidad (INICO) de la Universidad de Salamanca estas son las propuestas que implica:

  • Proporciona oportunidades para aprender a todos los alumnos en base a la interacción cotidiana entre ellos.
  • Prepara a los estudiantes con discapacidades para la vida y profesión futuras en un contexto que es más representativo de la sociedad.
  • Promueve el desarrollo académico y social de los estudiantes con discapacidades.
  • Fomenta la comprensión de y aprecio por las diferencias individuales.
  • Promueve la prestación de servicios para estudiantes sin discapacidad.
  • Para estudiantes “en riesgo”, sin estigmatizarlos.
  • Difunde las habilidades de los educadores especiales dentro de la escuela y del curriculum.

Todos aquellos que de una u otra manera estamos vinculados con la enseñanza acordamos plenamente con estas premisas.

Sin embargo la controversia y las dificultades se suceden quince años después de haberse dado a luz el documento:

  • ¿Qué sucede entonces?
  • ¿Cuáles son las falencias?
  • ¿Qué requisitos no se están cumpliendo?

Si seguimos a Miguel Ángel Verdugo Alonso estos serían los requisitos indispensables para su puesta en marcha efectiva:

  • Formación adecuada del profesorado.
  • Actitudes de los maestros y profesionales de la educación hacia los niños.
  • Programas especiales de rendimiento académico que requieren la utilización de técnicas educativas específicas.
  • Programas adecuados de adaptación social e interacción con los compañeros sin discapacidad.

Cabe entonces cuestionar como podemos realizar nuestro aporte en cada uno de estos campos, sin los cuales la integración se convierte en una utopía.

¿Integración vs. inclusión?

En los últimos años surge un nuevo concepto aparentemente superador el de inclusión educativa, laboral y social.

El término inclusión se centra específicamente, en las modificaciones del medio ambiente necesarias para lograr la plena integración del individuo con discapacidad.

Estas modificaciones incluyen a las instituciones y a sus comunidades, y se amplían posteriormente con los conceptos de diversidad, multiculturalidad y otros, que plantean diseños diferentes de la escuela y la sociedad del futuro abiertos a todos los individuos.

Ambos conceptos no son contrapuestos sino complementarios.

Los cambios son lentos y difíciles y sin reglas claras, y sin una capacitación específica de docentes tanto comunes como especiales, sin alianzas profesionales compartidas, las posibilidades de fracaso son muy amplias.

La integración e inclusión educativas siguen adelante, a pesar de las dificultades, a pesar de que varias décadas de legislación no han terminado de allanar los obstáculos, y lo hacen porque aquellos que compartimos sus principios entendemos que integrar es una manera de ejercer la docencia en todos los ámbitos y estamos seguros de que brindar igualdad de oportunidades a todos los alumnos es la única manera de modificar un cambio de actitudes de la sociedad hacia la población más desfavorecida por distintos motivos.

Sabemos que la integración y la constitución de ambientes inclusivos enriquecen a todos los que participan de ellos, que bien entendidas y aplicadas mejoran la calidad de la enseñanza en general, porque la búsqueda de estrategias y recursos contribuye a permitir a los docentes un desempeño más creativo de su rol; pero siempre que se encuentren suficiente y adecuadamente capacitados, sostenidos y acompañados. De lo contrario lo viven como un agobio y esto atenta contra su ejercicio de la tarea; entonces sí se hace realidad la profecía autocumplida : “la integración desciende el nivel de enseñanza integrar es nivelar hacia abajo”.

Por ello para continuar integrando con éxito es fundamental constituir equipos, informarse, capacitarse, compartir nuestro convencimiento y convencer a otros.

De lo contrario solo libramos una serie de batallas, que no dejan de ser legítimas, pero que lamentablemente dejan en medio de la contienda al principal protagonista: nuestro hijo o nuestro paciente.

Finalmente quizás parafraseando al poeta podamos reemplazar el verbo cantar por integrar al repetir sus estrofas:

“Cantamos por el niño y porque todo

Cantamos porque creemos en la gente

y porque venceremos la derrota

porque en este tallo en aquel fruto

cada pregunta tiene su respuesta”

Mario Benedetti“.

Qué es y cómo funciona una escuela de recuperación

Martes, 20 de Octubre de 2009

Entrevista a la Lic. Marta Ghiotto, Vicedirectora de la Escuela Nº 16 “Gral. Ing. Mosconi”.

Diario “El Barrio de Villa Pueyrredon” 15 de Junio de 2004.
Por Ignacio Di Toma Mues. Link

Para interiorizarnos de como es el funcionamiento de una Escuela de Recuperación nos acercamos hasta la Escuela Nº 16 “Gral. Ing. Mosconi” perteneciente al Distrito Escolar Nº 16 en Villa Pueyrredón. La misma está ubicada sobre la Av. Mosconi al 2641. Nos recibió su Vice Directora, la Lic. Marta Ghiotto, que también es la coordinadora y supervisora pedagógica de las maestras de recuperación que trabajan en las escuelas comunes del distrito.

“Las escuelas de recuperación se iniciaron originalmente en los años ’70 y tuvieron su auge entre el año ’71 y el ’80. Nuestra escuela comenzó sus actividades en el año 1971” De esta manera nos introduce en el tema la Lic. Marta Ghiotto, para luego explicarnos, un poco más en extenso, cual era la concepción fundacional de este tipo de escuelas. “La recuperación estaba orientada a chicos, no deficientes mentales, pero con alguna problemática que no podía resolver la escuela común. El alumno ingresaba en la escuela de recuperación, se trabajaba con él y, no era así en todos los casos, cuando estaba totalmente recuperado volvía a la escuela común.”

Según la Lic. Ghiotto, esto fue así en una primer etapa. En muchas escuelas de la ciudad había también grados de recuperación, que dependían pedagógicamente de la escuela de recuperación, donde había una maestra recuperadora que trabajaba con 5 o 6 chicos que eran de matrícula especial. “Esta maestra trabajaba en una aula aparte con chicos que tenían algunas pequeñas diferencias en la edad, pero no demasiado, generalmente eran de 1º y 2º grado. Se suponía que el alumno en 3 º grado o bien se recuperaba, y se integraba a la escuela común, o bien pasaba a la escuela de recuperación.”

Esta modalidad se extendió hasta el año 1988, año en el cual se produce un cambio, y así nos lo explica la Lic. Ghiotto. “En realidad hay un cambio desde la política educativa y desde la misión docente. Lo que ocurría era que, por un lado, no todas las escuelas tenían grados de recuperación, en este distrito en ese momento había sólo 4 grados de recuperación, en las escuelas Nº 13, 22 y la 14, que dependían de nuestra escuela. Entonces un chico que empezaba 1º grado con un problema superable, pero que no podía ser trabajado por la maestra de la escuela común, tenía que trasladarse a una escuela que tuviera un grado de recuperación. Si se recuperaba volvía a su escuela de origen o, a veces, se quedaba en esa misma escuela. Si no lo lograba tenía que venir a nuestra escuela de recuperación. Todos estos traslados no favorecían una verdadera integración. Por esto a partir del año 1989 aparece la modalidad de que los chicos con dificultades sean sostenidos en la escuela común.”

Esta nueva modalidad hace que los grados de recuperación, que estaban a cargo de psicopedagogas, licenciadas en ciencias de la educación, psicólogas, dejasen de funcionar en forma cerrada. “La maestra recuperadora se convierte en una maestra de apoyo pedagógico en todo el primer ciclo” Esto produce, al decir de la Lic. Ghiotto, un resultado muy provechoso “Pasamos de tener 5 maestras recuperadoras en el ‘88, en nuestro distrito, a 28 en el 2004, y de 3 escuelas a 14 con esta modalidad. Esto implica que los chicos estén contenidos, que trabajen dentro de su propia escuela.” También nos afirma que de esta manera el alumno con dificultades comunes de aprendizaje evita el fracaso escolar que lleva inevitablemente a la deserción escolar.

Los cambios que se producen además hacen que cambie la propia matrícula de la Escuela Gral. Mosconi. La Lic. Ghiotto nos cuenta que “… hay más chicos contenidos afuera de nuestro establecimiento, pasamos de tener 120 alumnos a cerca de 80. Después del año ’96 y ’97, muchas escuelas, que no tenían maestras recuperadoras, comenzaron a aceptar a nuestros alumnos, que estaban en condiciones de pasar a una escuela común, acompañados de una maestra de nuestra planta. De esta forma comienzan a salir nuestras docentes para trabajar en el interior de las escuelas comunes. En realidad van acompañando, por ejemplo, a tres alumnos y terminan trabajando con 18 chicos de la escuela común que necesitan de su apoyo.”

De los 19 cargos de maestras que tiene la institución, 11 trabajan dentro de la escuela y 8 lo hacen fuera de ella.
Con respecto al régimen de enseñanza que tiene la Escuela Gral. Mosconi, la Lic. Ghiotto nos explica que “El chiquito que viene directamente a nuestra escuela o que en primer lugar estuvo en la escuela común y, a pesar de todo el apoyo recibido, no pudo integrarse porque se produjo un desfasaje muy grande, pasa luego a nuestra escuela. Tiene el mismo régimen pero con un programa adaptado. Reglamentariamente si termina 7º grado puede ingresar a una escuela secundaria, está habilitado desde lo legal. Ahora, desde lo real, si este chico fue mantenido en esta escuela es evidente que su problemática es importante, quizás porque es severa o porque no ha recibido desde el afuera los apoyos necesarios y entonces no pudo progresar, no está capacitado para ir a una escuela secundaria, caso contrario lo hubiéramos integrado a una escuela común.”

La pregunta que surge es ¿qué posibilidades tiene este alumno?

“Para los que terminan aquí existe nuestra orientación, justamente para evitar que los padres, quizás desprevenidos, lo ingresen en una escuela secundaria… en ese caso va al fracaso. Una de las salidas son los Ciclos Básicos de Orientación Laboral, en la Ciudad de Buenos Aires existen 8 establecimientos de este tipo. Nosotros trabajamos fundamentalmente con dos, uno en Villa del Parque y el otro en Belgrano.” nos responde la Lic. Ghiotto. Estos Ciclos Básicos tiene una duración de 3 años, son de doble turno y se desarrollan talleres con salida laboral.

“Si durante los 3 años llegara a evidenciarse, ha habido casos, una maduración o evolución, esas mismas escuelas se ocupan de su ingreso a un secundario. El camino no está cerrado. Desde ya todo esto es una opción de los padres. También trabajamos con los Centros de Formación Profesional de la calle Ramsay y a veces trabajamos con los Centros de Formación Profesional de San Martín”
En cambio, nos explica la Licenciada, los chicos que están en la escuela común, con apoyo de una maestra recuperadora, son promovidos con las mismas exigencias que sus compañeros, a lo sumo tendrán que hacer un recuperatorio o se propondrá una manera diferente de evaluación. “Estos chicos están en condiciones de ingresar a la escuela media.”

Por último hablamos de los alumnos integrados, que son chicos con necesidades más profundas, dificultades intelectuales. “Cuando se plantea la opción de integrar chicos con necesidades educativas especiales, que pueden ser mentales, siempre que la deficiencia mental no sea demasiado profunda, es una opción para aquellos que puedan verse beneficiados. Para estos casos se utilizan a las maestras de apoyo de las escuelas de recuperación que a partir de ese momento las llamamos integradoras”, pero también se plantean otros casos. “Ocurre que hay muchos chiquitos que recién en 3º grado empiezan a distanciarse, les cuesta la abstracción, no pueden lograr hacer operaciones complejas, pero están integrados al grupo, se sienten cómodos y son felices. Entonces no se considera positivo hacer un cambio, la escuela los acepta y se hace un trabajo, luego de un diagnóstico psicopedagógico, que llamamos de “adaptación curricular” donde se plantean objetivos diferentes al del resto de los alumnos. Estos chicos terminan séptimo con los contenidos equivalentes a un quinto o principio de sexto grado, que igualmente son muy valiosos. Nosotros luego orientamos a los padres, y ellos son los que deciden. El alumno va a recibir un boletín que dice promovido con adaptaciones curriculares, para esto se necesita un acuerdo previo con los padres que firman un contrato con la escuela” nos explica la Lic. Marta Ghiotto.

En el Distrito Nº 16 las escuelas que aceptan ser integradoras son la Nº 8; 14; 13; 1 y se está por incorporar la Nº 24. “No todas las escuelas son integradoras y no porque no quieran, sino porque no pueden, muchas tiene una población muy grande”
La charla continúa unos minutos más por carriles que llevan inevitablemente al abordaje de la gran crisis social, cultural y económica que está sufriendo el país y la Ciudad de Buenos Aires en general y nuestro barrio en particular, y los problemas de aprendizaje que esto genera en los alumnos de todas las escuelas de la zona.

Como despedida nos comenta que “Desde ya quiero decirte que todo este proyecto de escuelas con grados de recuperación e integración se debe a un trabajo en conjunto entre nuestra escuela y el Supervisor de Primaria en el Distrito, Luis María Rodríguez, y la Supervisora de Educación Especial, Susana Difondi.’’

Un camino lleno de obstáculos, pero no imposible.

Sábado, 19 de Septiembre de 2009

de Ronaldo Pellegrini.

Publicación original en: “EL CISNE” (www.elcisne.org) y reproducido aquí con autorización de su autor. Ronaldo Pellegrini es columnista y asesor de publicaciones del periódico “El Cisne” en Buenos Aires (Argentina)

¿Inclusión educativa en niños con TGD?

No todos los niños que presentan trastornos del espectro autista pueden ser incluidos en aulas de educación común. Por otro lado, en los casos en que sí es posible (y deseable), la inclusión requiere una serie de requisitos que abarcan distintos aspectos: aulas en condiciones, materiales apropiados, personal de apoyo y docentes capacitados, además del involucramiento de la comunidad educativa, que implica a padres, maestros y autoridades para que el camino a recorrer, que no es llano y sin obstáculos, lleve a lo que se busca, que es ni más ni menos que educar a un niño.

Existe un problema previo para intentar dar respuesta a la pregunta que titula el presente artículo, que es definir los límites de lo que se entiende por trastornos generalizados del desarrollo, porque la clasificación es, quizás, comprensiva de casos tan extremos que intentar una contestación simple y definitiva caería en una generalización absurda.

No todos los que presentan TGD son iguales. De hecho, el controvertido DSM-IV lo divide en cinco categorías, lo que habla de la diversidad de estos trastornos. A su vez, en cada una de ellas se manifiesta con diversos grados.

Si las habilidades de aprendizaje, comunicativas y sociales se hallan seriamente afectadas y, por ejemplo, las variaciones mínimas del entorno producen crisis en los niños, parecería que la cuestión queda resuelta: ¿cómo es posible incluir en un aula a quien no puede aprender, comunicarse, interactuar razonablemente y, además, a quien las mínimas alteraciones de un cierto orden alterarán?

La pretendida incidencia de 1 de cada 500 (hay quienes postulan 1 de cada 150) en que se presentan estos Trastornos del Espectro Autista, como también se los llama, hace pensar si no será demasiado. Leíamos no hace mucho alguna afirmación de que no existen las psicosis en los niños menores de 5 años y de que son muy raras antes de los 10, por lo que cualquier disfunción de la conducta, el aprendizaje y de la interacción con el medio a esas edades debe ser diagnosticada con TGD, lo que lleva a poblar el universo quizás en demasía.

Por otra parte, en charlas informales con profesionales de la psicología especializados en niños surgió el tema de que mucho de lo que se etiqueta bajo esa denominación no es tal y que ello termina por provocar iatrogenia, que, en buen criollo, no es otra cosa que aquella enfermedad que produce el propio profesional que la trata. En el caso de los que se dedican a los problemas de la psique, la misma rotulación impropia termina por sumir al sujeto en la patología erróneamente diagnosticada. Desde este punto de vista, como no son todos los que están, la inclusión educativa tendrá sus bemoles, pero no es, de ninguna manera, imposible.

Asumiendo que, salvo en los casos más graves, se pueda incluir un niño (bien o mal diagnosticado) con TGD en un aula de educación común, surge otro inconveniente, que tiene que ver con los me-dios.

La ley nacional y las provinciales realizaron la opción política por la inserción en la educación común de los niños en edad escolar con discapacidad con carácter imperativo, pero ello necesita de una transformación muy profunda de las instituciones, no sólo en cuanto a los espacios físicos, sino también en lo que hace a la capacitación de docentes y auxiliares y a la dotación de maestros y profesores integradores, profesionales que apoyen, material didáctico apropiado a las posibilidades de los estudiantes en desventaja y tantos otros elementos que sería imposible detallar. Ello requiere que el mandato de la ley se complemente con las partidas presupuestarias adecuadas, además de las adaptaciones curriculares correspondientes.

Sabemos que en la propia Capital de la República, el distrito más rico del país, pese a las declamaciones y promesas de los distintos gobiernos que se han ido sucediendo, todavía hay escuelas públicas que no tienen sus instalaciones en condiciones para el dictado de clases (de hecho, hay algunas que ni siquiera tienen gas natural) y la gran mayoría no cuenta con rampas, pasillos y puertas para que alumnos y docentes en sillas de ruedas puedan desplazarse con comodidad por el edificio. Tampoco con TICs en las aulas para quienes las necesiten.

Si bien la situación edilicia de las escuelas privadas no es igual a la de las públicas, el impedimento pasa, en muchas de ellas, por reservarse el derecho de admisión por las razones que sean.

En el caso de los alumnos con TGD, el tema de las instalaciones no parece ser primordial, aunque tenga su importancia. Sí lo son los aspectos que hacen a la capacitación del personal y a brindar todo el apoyo profesional y de materiales educativos necesarios. También es imprescindible que las acciones tendientes a eliminar conductas discriminatorias se asuman más activamente, no sólo condenando aquellas manifestaciones más groseras, sino educando para desinstalar las diversas formas de exclusión, muchas de ellas extremadamente sutiles, por medio de la educación, la ilustración y la desactivación de creencias erróneas acerca de las distintas discapacidades.

Más allá de que algunos alumnos necesiten el paso previo o concomitante por una escuela de educación especial, la inclusión de niños con TGD es posible, teniendo en cuenta algunos aspectos, entre ellos (quizás el más importante) que, además de las estrategias educativas generales, siempre habrá que considerar las manifestaciones particulares en cada niño. Con ello queremos significar que si bien existen algunos presupuestos más o menos universales, a su vez es necesario prestar atención a cada uno, respetando su singularidad, y estar atentos a sus necesidades y problemáticas.

Asimismo hay que tener presente que, según el grado y la forma de expresión de estos trastornos, la inclusión tendrá distintos niveles de dificultad.

Para que la integración sea posible y enriquecedora, el alumno debe ser capaz de:

  • Tener cierto control de su conducta, lo que implica que pueda refrenar impulsos agresivos y autoagresivos, entre otros.
  • Contar con capacidad de relacionarse con el medio, de modo que pueda captar lo que sucede a su alrededor, seguir instrucciones y comprender instrucciones sencillas.
  • Trabajar con cierta independencia o con un mínimo de ayuda.
  • Poder compartir e imitar las conductas grupales al menos con cierta frecuencia.
  • Entender las expresiones de los demás y poder expresarse.
  • Contar con las capacidades cognitivas suficientes para progresar, acordes al curso en que se halla.

También es necesario que los docentes a cargo del grado sean provistos de las herramientas didácticas correspondientes, las que tendrán sus peculiaridades respecto de las del resto de los alumnos, para que pueda armonizar su clase, sin descuidar a unos u otros, y con una correcta información acerca del alumno con TGD que le permitan prever y manejar las situaciones que puedan presentarse, aunque tenga el apoyo de integradores y profesionales a su alcance.

La tarea de educación inclusiva, aunque caiga mayormente en el docente y en los propios alumnos, implica un involucramiento institucional y parental; es decir que su aplicación y su desenvolvimiento concierne a las autoridades de todo nivel, a la comunidad educativa y, dentro de ella, a los padres, principales responsables de la educación de sus hijos, tengan o no discapacidad. Desde las políticas macro hasta el más mínimo de los elementos deberían ser coherentes, y ello no sólo para la inclusión de chicos discapacitados. Y, sobre todo, que atienda y conjugue las necesidades y la diversidad de cada uno.

Estratégias para una inclusión exitosa.

Insistimos en que lo que sigue es apenas un lineamiento general y que cada caso requerirá ajustes personalizados, información, evaluación, consenso para definir la sintonía fina de estas formas de abordaje inclusivo.

Es importante crear ciertas rutinas en el ámbito de la clase, con pautas establecidas que pongan cierto orden conocido por todos. Ello mejorará el desenvolvimiento de los alumnos con TGD, al proveerlo de una sucesión de eventos familiar, lo que aprovechará también al resto del curso.

Las instrucciones visuales son pertinentes para lograr cierto grado de independencia, puesto que el niño sabrá en qué momento del trabajo se halla. Puede realizarse con íconos o simplemente el orden de tareas del día escolar puesto en palabras. También puede incluir ciertas instrucciones, como, por ejemplo, resolver tal problema de tal libro y, cuando se termine, realizar esta otra.

Habrá que estar atentos a los signos de dificultades, para prevenir posibles inconvenientes. Estos se manifiestan a través del cuerpo. En tal caso, es importante conducir al niño a algún punto del salón que le agrade y en el que se sienta seguro, o proveerlo de algún elemento que lo relaje y darle el tiempo que necesite para calmarse.

También resulta conveniente recordarle por algún medio gráfico cuáles son las conductas apropiadas a seguir cuando se excita o se agita, lo que los ayudará a autorregular su comportamiento cuando él mismo note alguna perturbación.

Las transiciones entre una tarea y otra también pueden ser una fuente de estrés, por lo que es necesario regularlas para que puedan efectuarlas sin desestabilizarse.

La disposición del salón y de los elementos que se hallan en él es otro componente a tener en cuenta. La distribución de los espacios, los movimientos a través de ellos deben resultar conocidos y ser acordes a las tareas.

Explicar con claridad las tareas a desarrollar produce mejores resultados. Puesto que estos niños presentan dificultades para relacionar y formar conclusiones, la explicación sencilla pero detallada de los propósitos de cada actividad les facilitará su realización. A este respecto, el detalle paso por paso de las labores más complicadas, resaltando los procedimientos también mejora el rendimiento.

Asimismo, resulta una buena estrategia aprovechar el interés que demuestre en alumno respecto de algún tema o materia para introducir tareas nuevas o de mayor dificultad.

Otro problema frecuente de los alumnos con TGD es que suelen mostrar pocas habilidades organizacionales. Por ello es importante que se los ayude con agendas, calendarios y esquemas de planificación que los sitúe respecto de las tareas. Si éstas son a largo plazo, quizás sea necesario dividirlas en etapas, con objetivos parciales, para que no pierda de vista la finalidad general o se pierda y desista en el trayecto.

De todas maneras, el equilibrio entre las generalidades y las especificidades de cada niño es lo que dará la calidad de la inclusión, siempre respaldadas por lo institucional.

Un método inclusivo.

Desde hace casi medio siglo existe ABA (Applied Behavior Analysis -análisis de conducta aplicada-). Se trata de determinar qué cosas puede aprender y cuáles no un estudiante, en este caso con TGD y, sobre esta base, determinar las metas y realizar una secuencia en distintos ámbitos (aprender a aprender, autocuidado, comunicación, etc.), fragmentando los objetivos de manera que se pueda ir de lo más simple a lo más complejo. Ello apunta a ayudar al niño a que desarrolle al máximo sus habilidades para que pueda desenvolverse lo más independiente y exitosamente que su condición le permita. Con este fin, se requerirá que se den consignas claras y que se refuercen las conductas positivas del alumno por medio de recompensas y estímulos.

Para ello es necesario que todos aquellos involucrados en la educación (sobre todo padres y docentes) conozcan el programa que se realiza para cada individuo y tengan el conocimiento necesario para llevarlo a cabo, bajo la dirección de un analista de la conducta.

Puede hallarse más información sobre este método en Internet. Existen otros que buscan lo mismo por otros caminos.

Conclusiones.

El problema de la sobrediagnosticación no es menor. La etiqueta es una carga que marca, a veces irremediablemente, por lo que habría que poner sumo cuidado y recurrir al número de opiniones que sea para estar seguros del diagnóstico.

Un factor asociado a la calidad de la inclusión educativa es la inserción familiar y social del niño. Si éste no se halla acogido por su medio, le resultará mucho más difícil que a aquel que sí lo está.

Por otro lado, las leyes no aseguran nada. Con ello queremos expresar que la mera enunciación de un derecho, como el de la inclusión, no resulta útil si no va acompañada de los medios necesarios para que ella sea posible.

En ese sentido, la carga no debe caer sobre las espaldas de docentes librados a sus propios medios y sin la adecuada formación, la que tiene que ser brindada por las estructuras de capacitación docente.

Inclusión no quiere decir inserción forzada y dejar librada la suerte del niño y de sus compañeros a la buena de Dios, sino que es un proceso que requiere un compromiso serio por parte de los actores de las políticas educativas y que asegure que todos los niños saldrán beneficiados de la experiencia, como ocurre siempre que se lleva a cabo con los medios y los conocimientos necesarios.

Y siempre habrá que tener un grado de tolerancia a la frustración, sobre todo en padres, maestros y autoridades, porque la integración de niños con TGD nunca es un camino llano ni libre de obstáculos.

Ronaldo Pellegrini - ronaldopelle@yahoo.com.ar

Algunas fuentes consultadas:

  • www.autismeducation.net/
  • www.apa.org/monitor/dec04/autism.html
  • www.child-autism-parent-cafe.com/autism-students-in-inclusive-classrooms.html
  • autisme.france.free.fr/
  • www.behavior.org/autism/